A todo aquél que se mete en el berenjenal de ser padre le llega el día en que debe escolarizar a sus retoños y, mal que le pese, retoma el contacto con el colegio. Es un reencuentro extraño, ilusionante y deprimente a partes iguales. Comienza de forma multimodal: rondas de consultas a conocidos, presentaciones de desconocidos, y horas y horas de navegación por internet sin rumbo fijo. Se trata, simplemente, de una vulgar fase de recopilación de datos, pero la llevas a cabo con una esquizofrénica amalgama de prejuicios, convicciones, vivencias, recuerdos, emociones, rencores, proyecciones y seguramente unas cuantas cosas más.

 

La amazona de la extraña figura

A las pesquisas, pues, no llegas virgen. Tu background educativo está ahí, mucho más interiorizado de lo que te imaginas. Sin ir más lejos, tienes absolutamente asumido uno de los formatos más latentes e incuestionados de todos tus años de escolarización, uno que jamás de los jamases te habías planteado que pudiera tambalearse en ningún sentido:

 

Horario

La asignatura. Esa extraña amazona que organizaba los horarios y recorría el año sin un origen ni un destino claros, armada de temas, exámenes y profesores. Aterrizabas en el colegio con un magnífico batiburrillo vital configurado por episodios domésticos, juegos y juguetes, relaciones familiares, acontecimientos festivos  y, de repente, un día, te veías a ti misma apuntando en una cuidada retícula las palabras Matemàtiques, Llengua y Psicomotricitat. ¿Cómo podían esas artificiosas categorías abstractas organizar de golpe y porrazo todo nuestro tiempo?¿Cómo nos las colaron tan pronto y tan ricamente?

 

Aprenda karate y renueve su coche, pero no pregunte

 

Pero, por suerte, tu background educativo no solo está hecho del formato asignatura. La odisea de buscar colegio para tu hijo también la haces con un importante corpus cinematográfico en la cabeza, un imaginario adolescente que ha dejado poso tan profundo en ti como las mismísimas asignaturas.

 

Estamos en 1984. Dani Larusso un teenager de cara aniñada y carácter afable se muda con su madre a un suburbio de Los Ángeles, en California. Nuevo estado, nuevo barrio, nueva escuela, nueva vida. El karate es, en este nuevo contexto, la medida con la que baremar el mundo y la gran esperanza para triunfar en él es Miyagi, el anciano conserje japonés que debe enseñarle a un ilusionado Dani Larusso ese arte marcial milenario que, entre otras cosas, le abrirá las puertas de la popularidad púber. Para su sorpresa, en su primera clase, el maestro le espeta la siguiente lección:

 

 

Es el método Wax on wax off de Karate Kid. Un pedagogo lo etiquetaría irónicamente como “enseñanza constructivista directiva”, aquí lo llamaremos “aprender haciendo, pero haciendo lo que te digan los demás”. Modernidad y tradición para un ilusionado alumno que deposita confianza ciega en su maestro. En cualquier caso, un aprendizaje suspendido en el tiempo, que se desarrolla a través del esfuerzo continuado, aletargado y aconsciente. Aquí no hay asignaturas, ni temas, ni exámenes, ni nada. Solo esfuerzo, esfuerzo y esfuerzo.

 

Aprenda kung fu en 45 segundos

 

1999, han pasado quince años. El método Wax on wax off ya está en tu fuero más interno en forma de los mantras “rinde culto sumo a tus maestros” y “no es que el trabajo y el esfuerzo dignifiquen, es que no hay otra forma de hacer las cosas”. Y esto es lo que crees hasta que un día vas al cine y ves Matrix. Thomas A. Anderson, programador informático de día y hacker de noche, siempre ha cuestionado la realidad en la que vive pero sus intuiciones están muy lejos de la magnitud de la verdad. Un buen día Neo, que así se hace llamar cuando ejerce de pirata informático, contacta con otro saqueador de las telecomunicaciones llamado Morfeo, quién le cuenta la verdad del mundo en el que está viviendo: los humanos han sido capturados por una raza de máquinas que viven del calor de sus cuerpos. Éstos se encuentran en probetas gigantes y son utilizados como fuente de energía mientras que en sus mentes se ha implantado un engañoso universo artificial. Algunos humanos que no han sido capturados se dedican a liberar a otros y este es el caso de Neo quién, una vez liberado, tendrá que aprender todo lo necesario para ponerse a la altura de la dictadura maquinista bajo la que viven. En la primera lección, Morfeo y sus secuaces plantan a Neo en una especie de silla-USB y le espetan una increíble lección virtual que dura, literalmente, segundos:

 

 

Método I Know Kung Fu. Un pedagogo probablemente lo etiquetaría de “enseñanza posmoderna überdirectiva” o, hablando en plata, “antienseñanza”. Aquí lo llamaremos “¿Para qué complicarme la existencia? Instálame una lección con el USB y así me salto el aprendizaje mismo”. Las medias tintas no existen, solo el modo No sé kun fu y el modo Sé kung fu. No hay lugar para desarrollar el cambio.

 

El arte de proyectar

 

Así que en estas llegas a las charlas de los potenciales futuros colegios de tus hijos. Las directoras de las escuelas no lo saben, pero se están dirigiendo a una audiencia que lleva años —o siglos, si nos remontamos al Trivium y el Quadrivium— pensando en clave asignatura y, a la espera de que los avances tecnológicos incorporen de una vez por todas el método I know kung fu, esta audiencia da por hecho que sus hijos tendrán que encerar muchos coches para aprender como es debido. Y las directoras no deben ser conscientes de ello porque de repente te sueltan:

 

—Aquí treballem sense llibres i per projectes. Bé, i a infantil també ho fem per racons.

 

Miras a tu alrededor para ver si los demás han oído lo mismo que tú y todo el mundo está tan normal, como si no acabasen de escuchar esas palabras. Te acomodas mejor en la silla, más erguida, más atenta, y pones todos tus sentidos en escuchar lo que se dice a continuación para que no se te escape nada. Pero los proyectos, los rincones y los no-libros ya no son el tema. Se da por dicho y a otra cosa mariposa.

 

Obviamente al llegar a casa te lanzas sobre Google y le haces un tercer grado. El maravilloso universo del Aprendizaje Basado en Proyectos (Project Based Learning) se acaba de abrir ante ti.

 

 

Explicado muy sucintamente el Aprendizaje Basado en Proyectos (ABP) es un método docente que organiza la enseñanza y el aprendizaje en torno al desarrollo de un proyecto. Guiados por la batuta del maestro, los alumnos definen a principio de curso un proyecto que quieren desarrollar y a lo largo del año académico proceden a su consecución. Lejos de relegar el proyecto a un divertimento de segunda categoría, los expertos recomiendan que el curso académico se vertebre alrededor del mismo. Para los alumnos, el formato proyecto es una interfaz comprensible,friendly y usable. Tiene un principio y un fin claros, va sobre un tema que les interesa —lo eligen democráticamente durante las primeras semanas de curso— y es extremadamente estimulante y participativo. Para el profesor, el formato proyecto es cuanto menos un reto: una hoja en blanco cada nuevo curso con la que deben lograr que se adquieran las competencias, los contenidos y los conocimientos que impone el currículo académico.

 

Hay centros que se han convertido en fervorosos practicantes del ABP, los hay que cruzan o combinan las asignaturas con los proyectos y, por supuesto, existen también los centros que jamás han oído hablar de proyectos. Y todo ello en primaria, porque en la enseñanza secundaria, por lo menos en Cataluña, el ABP es territorio prácticamente desconocido. Y de la universidad mejor no hablamos.

 

No es este lugar para detallar la lista de ventajas del APB, que de eso internet ya anda lleno[1][2][3], pero sí nos detendremos a constatar un doble efecto. El primero es que el ABP desplaza el protagonismo del maestro hacia el alumno, el cual se convierte en el agente de su propio aprendizaje. El profesor lo guía en este proceso, pero pasa a un segundo plano, igual que cualquier otra fuente otrora única, como antaño lo era el libro. En el ABP el alumno es responsable de un desarrollo abierto donde utilizará multiplicidad de fuentes y herramientas, desde la prensa o los expertos hasta, claro está, el maestro y los libros. Muerte, pues, al mantra “rinde culto sumo a tus maestros” y caída del mito cinematográfico Dani Larusso-Wax on wax off. Aquí valen tanto las palabras de tu profesor, como la información de un documental o tus propias reflexiones.

 

Pero si algo tiene el proyecto que no tienen otros formatos de aprendizaje y sus métodos asociados es que el ABP ya no es que no anule el propio proceso de aprendizaje —como tan capitalísticamente intentaba inculcarnos la cultura überracionalista del I know kung fu— es que el ABP es el colmo de la recreación en el propio proceso de aprendizaje. Es un despliegue abierto y transparente de todo lo que implica aprender: preguntarse cosas, buscar respuestas en distintas fuentes, cuestionar, sospechar, contrastar datos, hipotetizar, probar, experimentar, saber, imaginar, pensar, errar… En definitiva, pensar críticamente, crear, transformarse y disfrutar. Todo en uno.

 

Cuenta Wikipedia que los primeros centros docentes que en la década de 1950 empezaron a adoptar el proyecto como formato de aprendizaje fundamental fueron las escuelas de arquitectura. Así que nos inspiraremos en el título español del mítico manual de cabecera de los arquitectos —Arte de proyectar en arquitectura (también conocido como el Neufert)—, para bautizar y vitorear desde aquí al joven Arte de Proyectar en la Escuela.

 

Que Wert no se lo lleve por delante.

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Más información sobre el Aprendizaje Basado en Proyectos:

[1] “Qué dicen los estudios sobre el aprendizaje basado en proyectos” en Actualidad pedagógica,http://actualidadpedagogica.com/estudios_abp/t.

[2] El Buck Institute for Education (BIE), una institución norteamericana dedicada a la investigación y la promoción del ABP: http://www.bie.org

[3] Aprendizaje Basado en Proyectos, en Wikipedia,http://es.wikipedia.org/wiki/Aprendizaje_basado_en_proyectos