A menos que lo reencaminemos entre todos, el museo es un formato caduco: unidireccional, autoritario, pasivo. Las políticas públicas poco parecen estar haciendo para que nos hagamos nuestros nuestros museos. Y desde las instituciones privadas la deriva neoliberal ya es vergonzante. Reflexionar sobre el desembarco de Pixar en el CaixaForum más allá de hablar de cifras récord de visitas era absolutamente necesario y este artículo de Jordi Sans mete el dedo en unas cuantas llagas.

 

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Depredar el museo. Pixar, CaixaForum y el saqueo de una noción común

 

Por Jordi Sans · @tocaboires · Llegir en català

 

La gran conquista de los museos es el respeto que infunden a sus visitantes. Hablar en voz baja, caminar pausadamente, estar atentos, no tocar, no fotografiar o tolerar textos tendenciosos en formatos incómodos son algunas de las conductas que mostramos con insólita naturalidad cuando deambulamos por la sala de exposición de un museo o, mejor, hoy en día, de un centro cultural.

 

El respeto que otorgamos a los museos y a todos sus derivados —espacios expositivos, galerías de arte, centros culturales— es tan solo un elemento más del complejo código de comunicación del formato expositivo, un sistema que no duda en relegar al visitante a un rol pasivo que evoca con demasiada insistencia a la versión más reaccionaria de la educación: la del visitante-alumno acrítico adoctrinado por una élite experta que piensa por él.

 

Y ante este estado de indefensión intelectual que la contundencia del formato museístico impone al visitante, dejándolo en modo alumno, en disposición de ingerir cuanto de la exposición se desprenda, cabe preguntarse cómo gestionan los museos su posición de dominio sobre el visitante y cómo gestionan, por tanto, su responsabilidad. Es en el ejercicio de esta responsabilidad, ya sea por acción u omisión, cuando el museo deja al descubierto sus cartas y no duda en desvelar a quién se debe.

 

Desde el 5 de febrero de este año por fin podemos disfrutar en el CaixaForum de Barcelona de la exposición Pixar 25 años de animación, una muestra itinerante que ya ha visitado Madrid, Zaragoza y, según parece, también el MoMA y los mejores museos del mundo. “Lo que el público encontrará en esta exposición —y lo que creo que sorprende a tanta gente— es arte,” afirma Elyse Klaidman, comisaria de la exposición, “es una exposición de arte, una exposición sobre la tecnología, sobre el proceso de hacer películas, una exposición para celebrar el arte y los artistas que están detrás del proceso de diseño de todo lo que hacemos en una película de Pixar”.  Las palabras de Klaidman, a sueldo de Pixar desde 1996,  no esconden cuál es la estrategia de posicionamiento de la empresa para la que trabaja: hemos decidido que somos arte y, por lo tanto, vamos a sancionarlo organizando una exposición para los mejores centros de arte del mundo.

 

Sin duda el proceso de creación de una película de animación es complejísimo y exige de mucha convicción (y mucho dinero) para conseguir que un proyecto llegue a buen puerto. De mucha convicción (y mucho dinero), Pixar va bien servido, lo sabemos. La cuestión aquí radica en cómo el CaixaForum ha gestionado su responsabilidad, cómo, en el marco de ese juego de relaciones de poder y autoridad entre museo y visitante, ha gestionado su posición de superioridad. ¿Con qué objetivo ha programado esta exposición? ¿Qué ideas, que serán absorbidas de forma casi automática por buena parte de sus visitantes, subyacen en el discurso expositivo? Teniendo en cuenta, en fin, toda la carga significativa que cualquier institución de carácter museográfico lleva consigo por el mero hecho de asociarse a la idea de ‘museo’, ¿a qué ha decidido el CaixaForum, como museo, dar legitimidad?

 

Los más benévolos querrán entender que se trata de una exposición sobre la creación artística contemporánea, diferente e industrial y, a ratos, sorprendente e incluso incómoda. ¿Desde cuándo el arte no es polémico? Los más informados apelarán a la historia del arte, a los talleres de artista, donde firmaba uno y trabajaban muchos. Una exposición, pues, atinada y atrevida. Otros aplaudirán el acceso de lo popular en el exclusivo ámbito del museo y verán confirmada la validez de sus gustos. Pero más allá del indudable interés que encierra el proceso de diseño y fabricación de cualquier producto —ya sea una película de animación, un coche, unos zapatos o un chorizo—, de la habilidad artesanal de los autores expuestos o de la difuminación entre alta cultura y cultura popular, lo que realmente incomoda es que estamos ante una exposición sobre una empresa, organizada por la propia empresa, producida y distribuida por la misma empresa, glorificada por la susodicha empresa y legitimada, ¡ay!, por un museo.

 

La diferencia entre una exposición sobre cine de animación por ordenador y otra sobre una empresa que hace cine de animación por ordenador es relevante. Pero la noticia ya no es que una empresa haya cercado la autoridad legitimadora que infunde un museo. Ni tampoco que un museo (en este caso,  propiedad de un banco, no lo olvidemos) se haya dejado vampirizar por la acción publicitaria de una empresa. La noticia es que la noción común de museo, la de todos,  ha sido instrumentalizada en su función legitimadora para llevarla por el lado más equivocado. Y esto, señores y señoras clientes, solo es responsabilidad del museo.