La Editorial Gustavo Gili acaba de regalarnos a los lectores una joya de las que hacen historia. Es el metalibro de Murray McCain y John Alcorn titulado ¡Libros!, en el que tratan de contarnos qué es exactamente ese dispositivo de papel al que llamamos libro. Y obviamente una publicación así pedía a gritos un examen formatístico.

 

Si lo lees en voz alta…

 

Primera aproximación. Si lees ¡Libros! en voz alta, ¡Libros! deja de ser un libro y se metamorfosea en un sinfín de formatos que van multiplicándose como si de un gremlin se tratara. Pasa a ser un anuncio, el reclamo de un charlatán del Oeste americano que vende los ¡Libros! como el nuevo elixir de juventud que te alargará la vida. ¿Los  principales argumentos de venta? El imperativo y la repetición.

 

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Y también se transforma en pregón. Y el lector promulga entonces en voz alta ese asunto de interés público que son los ¡Libros!, vociferando desapasionadamente una larga letanía atonal.

 

Pregon

 

¡Libros! es también cantar de gesta. Transformado esta vez en juglar, el lector da rienda suelta a un amplio catálogo de fórmulas para narrar las andanzas de nuestro héroe y construir el macro epíteto del caballero ¡Libros!

 

CantarGesta

 

Y lo mejor de todo. Leído ante niños, ¡Libros! pasa a ser la tertulia de un magazín televisivo. Llegan entonces los vítores, los improperios, las afirmaciones salvajes y las interpelaciones, lanzados sin compasión ante un atónito lector transformado en mediático Jordi González.

 

Opinion

 

Así que leído en voz alta, ¡Libros! no es un libro sino mil. Mil libros reconvertidos en otras tantas acciones —vender, publicar, loar, opinar…— cual homenaje infinito a los actos del habla de John L. Austin. [1]

 

Si lo lees en silencio…

 

Segunda aproximación. Si lo lees en silencio, el libro se ensimisma. Repliega para sí y con toda su fuerza su naturaleza formatística y ésta se revela asombrosamente silenciosa. ¿Y como lo hace? Forzándote a ti, lector, a entonar, exclamar e interrogar mentalmente a través de palabras, signos, ilustraciones y palabras-signos-ilustración, todas magistralmente dispuestas para que juguemos una inaudita partida de oratoria muda. En un divertidísimo pasatiempo textual y visual, te ves forzado a poner todos los sentidos en alerta para dar con la entonación mental adecuada que ayude a encumbrar el significado del discurso.

 

Silencio

 

Y entonces te das cuenta de que los libros son papel, sí. Son narración, también. Son emoción, vale. Pero formatísticamente hablando, McCain y Alcorn nos enseñan con magistral oficio que los libros son silenciosos. Y para un medio de interacción cuya principal característica es la carga de significado, hacerlo en silencio es cuanto menos una ensordecedora contradicción.

 

Murray McCain & John Alcorn
¡Libros! / Llibres!
Traducción al castellano de María Serrano y al catalán de Carlos Mayor
Editorial Gustavo Gili
48 páginas, 10 €

 

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[1] John L. Austin (1911-1960), filósofo del lenguaje y catedrático de Moral Philosophy en la Oxford University entre 1952 hasta su muerte, fue acerbo defensor del lenguaje ordinario e introductor de la problemática de las performative utterances (las expresiones realizativas) que dieron pie a su teoría general sobre los actos lingüísticos. En la base de sus aportaciones está la idea fundamental de que hay expresiones que poseen la peculiaridad de que al pronunciarlas llevamos a cabo una acción que no debe confundirse con la propia acción de pronunciarlas. En estas expresiones, hablar es actuar. El legado teórico de Austin está diseminado en clases, conferencias, seminarios y reuniones privadas, y fue recogido en How to do things with words(J.O. Urmson, ed., Oxford University Press, 1962) [Palabras y acciones. Como hacer cosas con palabras,  (Paidós, 1971)].