En estos tiempos de algarabía y revuelta, un día nos preguntamos sobre qué formatos de participación ciudadana teníamos a nuestro alcance para abandonar de una vez esta tramposa democracia representativa y poner en práctica una democracia participativa palpable y real. Tras varios dimes y diretes —que si el congreso (¡¿el congreso?!), que si las iniciativas legislativas populares (#PAHforever), que si los referéndums, que si los grupos de trabajo…— hubo un formato que se alzó como claro ganador y con insultante ventaja. ¿Lo adivinan? Efectivamente, fue la asamblea.

 

Y entonces nos dimos cuenta de que a pesar de creer en la participación ciudadana como único y necesario mecanismo para que la gente de a pie nos arremanguemos sin complejos para actuar en política y sintamos empatía y responsabilidad por la cosa pública, a pesar de esta firme convicción, no teníamos ni idea de lo que era una asamblea.

 

De cómo un día nos convertimos en ciudadanos participativos y de cómo otro día tuvimos que dejar de serlo

 

Ni cortos ni perezosos, nos liamos la manta a la cabeza y viajamos hasta La Plaza para preguntarle a la ciudadanía lo que era una asamblea. Y fuimos a parar nada más y nada menos que a una asamblea quincemayista de las históricas. Miles de personas reunidas en el foro, escuchando a los ciudadanos más elocuentes, y también a los más locuaces, y a los más lenguaraces, y a los más soporíferos, y a los mayores, y a los menores, e incluso a los que solo pasaban por ahí. Y fusionados con los demás asambleístas, nos mirábamos con asombro, ilusión e incredulidad. Y de vez en cuando hacíamos pequeños gestos, pero jamás osamos soltar una sola palabra pública.

 

Un pelín asustados por la magnitud de esos encuentros, decidimos viajar al barrio para participar en asambleas más ajustadas a nuestra medida. Pero nuestro entusiasmo quincemayista no estaba a la altura de nuestro pudor e, incapaces de poner en práctica la suspensión de la realidad y de entrar de lleno en el juego asambleario, dejamos de asistir a la asamblea y dejamos de ser, muy a nuestro pesar, ciudadanos participativos.

 

De cómo dimos con la meta-asamblea y de lo que ocurrió entonces

 

Pero el gusanillo estaba ahí, recordándonos periódicamente que no podíamos desdeñar el formato asambleario tan ricamente. Y un día, oh, eureka, dimos con este chocante documento. Un grupo de 12 asambleístas con un currículum (asambleario) de caerse al suelo se reunía en asamblea para hablar del formato asamblea. [1]

 

 

Todos los juicios y prejuicios de la asamblea servidos en bandeja. Ratificamos que la asamblea no era nada más y nada menos que un encuentro para reflexionar en grupo, tomar decisiones y socializarse. Pero también descubrimos para nuestro asombro que la asamblea no era solo un formato —esto es, un medio de interacción, concreto y performativo—, sino también una metodología  de trabajo —operatividad pura—,  una especie de banda pandillera —“mi asamblea”—,  la causa y el efecto de una acción —asamblearse— y, en suma, toda una cultura con la que ver el mundo. Y apabullados por este delirio identitario que sobrepasaba con creces la naturaleza formatística de la asamblea, ésta no dejaba de aparecérsenos como un hecho impostado, teatral e incluso ridículo, necesitado de mucha práctica, mucha voluntad y de un proceso iniciático difícil de asumir.

 

Y entonces ocurrió. Nos embargó la triste certidumbre de cuán lejos estábamos de la cultura asamblearia. Y ello no habría supuesto mayor problema si no fuera porque esa certeza encerraba verdades más espinosas: lo lejos que estábamos de la cultura de la conversación y de la reflexión en grupo, lo lejos que estábamos de una cultura oral donde pudiéramos construir ideas dialogando, con dosis suficientes y necesarias de técnica, soltura, velocidad de pensamiento y experiencia.

 

La cultura escrita no sólo había aniquilado nuestra competencia dialéctica, sino que había reducido a acciones textuales, individuales y silenciosas toda nuestra predisposición a tener un pensamiento mínimamente elaborado. Por no hablar de la cultura audiovisual y la del espectáculo, que simplemente habrían dado el golpe de gracia a nuestra ya de por sí encogida predisposición a la reflexión a secas.

 

De cómo fuimos a parar a una escuela pública y nos topamos con la pedagogía del enrazonamiento

 

Alicaídos por haber llegado a estas conclusiones, una mañana nos tocó ir a hablar con la maestra de nuestra hija. Y charlando de lo humano y lo divino sobre el maravilloso microuniverso de los niños y niñas de cuatro años, Montse nos contó que precisamente a esta edad, cuando la clase mantenía  sus rituales conversaciones matutinas en corro, si un niño contaba algo que no venía a cuento en la conversación, ella muy amablemente le espetaba:

 

—Molt bé! Però això que expliques no té res a veure amb el que estem parlant, home.

 

—¡Uy!¿!Y no se moltestan¡?

 

—No, ¡qué va! Se quedan tan panchos y proseguimos la conversación retomando el hilo conductor.

 

Enraonar. Traducido libremente, este maravilloso verbo catalán significa ‘hablar razonando’ o ‘razonar hablando’. Y esto es lo que practican cada día a primera hora en el cole público de mi hija. Y fue así, casualmente, como nos dimos cuenta de que la reflexión oral colectiva no solo no está muerta, sino que resurge de sus cenizas como tantas otras cosas en estos tiempos de algarabía y revuelta. La pedagogía del enrazonamiento ya está aquí y comenzando por el principio, por donde han de arrancar todas las cosas: en las aulas (públicas) de nuestros hijos. De momento, de forma práctica y experiencial, que con diez años de escolarización obligatoria ya tendrán tiempo de tomar conciencia de lo que es enrazonar. Y pasarán del corro a la conversación, de la conversación a la reunión y de la reunión a la asamblea. Pero lo importante es que no olvidemos para qué era todo esto, que no olvidemos que de lo que se trataba era de aprender a configurar ideas y proyectos colectivamente. En definitiva, de pasar de ser ciudadanos representados a ciudadanos participativos.

 

¿Acaso nadie ha soñado alguna vez con amanecer en la Sierra de Albacete?

 

 

¿Enrazonamos?

 

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[1] La asamblea, Miquel Garcia, 2012. www.miquelgarcia.net